Para el diccionario, la palabra pistas es una huella o rastro que dejan los animales o personas en la tierra por donde han pasado. Otra acepción refiere que es el conjunto de indicios o señales que pueden conducir a la averiguación de algo. En este blog, que surge en el taller de periodismo policial del sitio web periodismo.net, no pretendemos averiguar nada o dejar ningún tipo de huella. Tampoco perseguir sospechosos, analizar pruebas o resolver enigmas. El objetivo es más simple: somos un grupo de apasionados por el periodismo policial. A partir de ahora, las pistas nos conducirán a eso: a escribir crónicas, perfiles, noticias, reseñas o anécdotas. Este blog se llama de esta manera en homenaje a la revista Pistas, una de las creaciones más recordadas de Enrique Sdrech, sabueso de la noticia policial. Bienvenidos. A no dejar rastros.

lunes, 29 de agosto de 2011

El violador que agradeció la detención

Aquella noche ella no pensó que volvería a sentirse un poco más segura. Bajó del auto en el que iba con su padre, entró al minimarket de la estación de servicio YPF que se encuentra en al acceso sur a San Lorenzo (a 30 km. de Rosario) y compró chicles de menta como siempre. Salió poniéndose uno en la boca, levantó la cabeza y lo vio. 
La sorpresa de la presencia ocasional de un patrullero de policía la tranquilizó, pero sin embargo, se acercó a ellos gritando y les trató de explicar, en la menor cantidad de palabras posible, para acelerar la cuestión, quien era ese hombre flaquito, de rulos, con un rostro de esos que no te generan nada. Ese que estaba cargando nafta en el Volkswagen Gol gris que reconocía sin dudarlo, en la misma estación que ellos y, sobre todo, en la misma que ella. 
Eran las ocho de la noche del lunes 18 de mayo de 2009, cuando una de las víctimas de Julio Nicolás Sina lo identificó y terminó con la pesadilla de más de una veintena de jóvenes, adolescentes y hasta niñas del Cordón Industrial que habían padecido a este hombre. Cuando la policía lo apresó, él no se resistió y, al contrario, quienes lo detuvieron dicen que hasta les agradeció su suerte, porque “ya no podía parar de hacer lo que hacía”. Sina no podía parar de buscar jovencitas para abusar y violar. 
Se trataba del mayor violador serial del país de los últimos tiempos y del más peligroso de la región. 

El último rayo de libertad 
Ese lunes, Julio se había levantado temprano para ir a trabajar la caldera de una reconocida empresa de la zona, antes de irse, saludó como todas las mañanas a su madre, con quien vivió sus 31 años, en el mismo chalet de calle Ecuador de Capitán Bermúdez, le envió un amoroso mensaje de texto a su novia, una rosarina con quien por ese entonces llevaba 4 años en pareja y ya hablaban de casamiento. Después de los saludos matutinos habituales se fue a su trabajo. Por la tarde, nuevamente en su casa, dio clases particulares de física a alumnos de secundaria en su rol de tranquilo, pacífico y hasta comprensivo profesor. Todos los adolescentes que aprendieron con él quedaron pasmados al enterarse de la verdadera personalidad de Julio, la cual definitivamente no se reconocía en el ser amable, de perfil bajo y pacífico, a quien sus padres los habían hecho recurrir para aprobar alguna materia. 
Después de una larga jornada laboral, Julio fue al ciber que se encuentra a unas pocas cuadras de su casa, en pleno centro de Capitán Bermúdez, chequeó sus mails y salió a recorrer las calles de la región, en búsqueda de “algo nuevo” por hacer. Sin embargo, su suerte cambió cuando al llegar a la ciudad de San Lorenzo decidió cargar nafta a su auto. Con la tranquilidad que lo caracterizó siempre según su círculo cercano, vio acercarse a dos policías rápidamente hacia él. No se inmutó, no atinó a escapar, no negó nada, ni cambió su actitud. Así, tranquilo como su novia, su madre y sus alumnos lo conocieron, les dijo que sí, que era él a quien buscaban, que lo detengan porque “ya no podía parar” y finalmente se quebró. El hombre, que se ocultaba detrás de una imagen formal y confiable, nunca pudo explicar el porqué de su conducta y aseguró que tenía una vida feliz con su familia. 
Según los registros de la policía, el primero de los hechos ocurrió en marzo de 2008 y el último de la saga el viernes antes de su detención. Así pudo comprobarse que en el último año habría sido autor de al menos dos tentativas de violación (una en Capitán Bermúdez y otra en Fray Luis Beltrán) y dos violaciones (en las mismas localidades) además de un tercer hecho de abuso que no fue denunciado. También confesó ser autor de cinco vejaciones y al menos cuatro intentos en la vecina ciudad de Rosario. 
El mismo, ya en la sede policial, durante el interrogatorio admitió que llevaba al menos 3 años cometiendo estas atrocidades, por lo que con el correr de la investigación el número subió a doce los casos de violación y cinco los de tentativa de abuso sexual, entre ellas una nena de once años y hasta una embarazada. La mayoría de las víctimas eran menores. 

El violador del celular
 
Lo llamaron “el violador del celular”, porque cuando consumaba los ataques filmaba y fotografiaba a sus víctimas y luego guardaba el material en su computadora. Muchas veces para amenazar a las mujeres que registraba, para que éstas vuelvan a tener relaciones con él. Aunque los investigadores admiten también que al revisar sus correos electrónicos, Julio había ofrecido el material a gran cantidad de páginas pornográficas de la web, aunque no se encontró la respuesta de ninguna de éstas aceptando las propuestas. En sus mails, él les explicaba que les podría mandar dos videos caseros por mes, lo que demostraba su intensión seguir cometiendo abusos y violaciones para así cumplir con el suministro de material. 
En la casa del muchacho, además de su computadora, también fue secuestrado un cuaderno con tan prolijas como perversas anotaciones en las que llevaba registro de las chicas abusadas y que sirvió de prueba en su acusación. 

Diferentes modus operandi, un mismo objetivo
Su fin siempre era el mismo, fuera cual fuera la edad de las víctimas: someterlas sexualmente, sacarles fotos y filmarlas. Sin embargo, su modos operandi era distinto según la zona en la que se desempeñaba. 
En cuanto a las adolescentes de Rosario las contactaba vía mail o chat ofreciéndoles trabajos en boliches o cíbers de los que decía ser dueño y las citaba en algún bar de la ciudad donde tomaban algo. Después les ofrecía llevarlas hasta su casa y ya arriba del auto desviaba su camino para terminar en algún lugar alejado donde las sometía. 
Por otro lado, para “cazar” a víctimas en la zona cercana a su domicilio, en Capitán Bermúdez, Fray Luis Beltrán y San Lorenzo, Julio salía a dar vueltas en su auto por la noche, cuando terminaba de trabajar, y cuando detectaba a alguna jovencita en las paradas de colectivos se bajaba del vehículo para preguntarle por alguna calle de la región. Después las amenazaba con un arma blanca y las obligaba a subir al Volkswagen para llevarlas a algún lugar descampado y allí violarlas a bordo del vehículo. Eso sí, en el caso de que las chicas se resistieran demasiado, las hacía bajar sin ejercer más violencia física. 

Después de la detención
Julio no dijo explícitamente la palabra “gracias” cuando lo detuvieron, pero su actitud destellaba algo de gratitud según quienes pudieron observar la situación. El joven técnico químico, de clase media alta, familia respetada y reconocida en su ciudad, de intachable conducta en la empresa donde trabajaba, con alumnos que llegaban a su casa recomendados por los padres de otros alumnos a los que les había hecho obtener buenos resultados, gentil con los vecinos del barrio y con una novia con la cual planeaban casarse muy pronto, ese mismo hombre, ahora, dos años después, está en una cárcel de máxima seguridad. Siempre lo visita su madre. Siempre lo visita su novia.


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Flavia Campeis
Alumna del Taller de Periodismo Policial

miércoles, 10 de agosto de 2011

Corazón quebrado

Todavía tengo en mi mente sus ojos. Los ojos que me miran al preparar la historia.
Voy armando el relato dentro de mi mente. Febrero. 1955. El calor de Buenos Aires pegándose en la camisa y el cuerpo de ese hombre que horas atrás hablaba palabras tiernas de amor eterno y ahora, con las mangas arremangadas, se estira dentro de la bañera haciendo del cuerpo de la mujer adorada un obsceno rompecabezas.
Jorge Burgos tenía una vida del color de las cenizas. Un trabajo rutinario como corredor de una pequeña imprenta. Un amor prohibido que lo enloquecía y  alguien sin nada en común salvo la pasión ocasional y casi mendigada.
Alcira Methyger quería llegar más alto de lo que le daban las alas: de ser una humilde empleada doméstica en esa Buenos Aires burgesa y discriminadora , espera cotizar bien su figura esbelta donde se destacaban unos ojos negros que a veces eran crueles y a veces mentian pasión.
Quiso Buenos Aires cruzarlos en la casa de los padres de él. Ella bajo la mirada atenta de la madre de Jorge, viviendo en esa casa ajena como pensionista ocasional. 
!Los aires de esa mujer, por Dios ! Ni que su hijo fuese un príncipe y ella la mismísima reina madre ! 
Alcira los mira y sueña... algún día ella también va a ser una reina...
La primera vez que sintió el deseo de Jorge en su mirada, supo que iba a ser una presa fácil. El parecía estar mas interesado en los montones de libros apilados en su cuarto que en su encanto. Por eso se sintió hermosa cuando lo descubrió: la mirada ardiente en esa cara redonda lo haciá mas cercano. Tal vez... en ese cuerpo también hubiese fuego.
Se equivocó y acertó a la vez. Había fuego, pero no alcanzaba. No alcanzaba para enfrentar a la madre y confesarle que estaba loco por esa mujer de largos cabellos negros y cuerpo sabio en placeres. No alcanzaba para enfrentar a la sociedad dividida de febrero del 55 donde todavía se escuchaba: La vida por Perón ! … y también Viva el cancer !
Jorge prometía y prometía. Escribía lindas palabras de amor y le hacía regalos pero no blanqueba una situación destinada al mas amargo fracaso.
Los padres de él se fueron a Mar del Plata para pasar las vacaciones de verano. Jorge inventó trabajo atrasado de todo tipo, y prometió alcanzarlos ni bien pudiese en la costa.
Ahora, con el terreno despejado podría pensar. Planear. Soñar con estar con ese amor prohibido que lo estaba cercenando desde su deseo.
La invitó a cenar. Una cena sólo para los dos. La casa sola sin las palabras altaneras de su madre llenándolo de consejos y destilando venenos. Sin esa mirada opaca de su padre que no contradecía en nada a su esposa mandona. Esa mirada que Jorge sentía se le estaba pegando en los ojos.
Ella llegó bellísima con un perfume que de pronto lo envolvió, casi ahogándolo.
La cena transcurrió tranquila, parecían una pareja  que solo disfrutaban de la alegría de estar juntos, sin peligros ni sobresaltos. 
Llegada la sobremesa, él se puso un poco más romántico. Tal vez el vino de la cena, o el perfume de esa mujer que lo azuza con la sonrisa tierna y las piernas que se cruzan tentadoras. Siente que se sofoca, Buenos Aires es también en esta noche una mujer enloquecedora.
Trata de besarla, de acariciarla. De hacerla real de tantas veces que la viene soñando y la desea.
Y ella toma distancia, acrecentando su deseo: tengo que ir al baño, ya vengo. 
Se deja olvidada la cartera. Y él la abre, buscando sin saber qué, dejándose llevar por el instinto de hombre que tiene celos y al que han cebado los comentarios malintencionados y las habladurías de su madre.
Hay un libro, que él le regaló. Y en él como un señalador, una carta. Mira de reojo, todavía está en el baño, hay que darse prisa, saber la verdad de golpe. Lee las primeras frases y siente que el aire se le va del pecho. La habitación gira violentamente y no logra entender las palabras escritas. Es una carta de amor, pero Jorge no la ha escrito. Hay palabras atrevidas que él jamás hubiese dicho y siente que se rieron de él. De su amor, se rieron de sus sueños de irse de esa casa maldita y empezar una vida desde la nada misma, despojándose de tanto orgullo insuficiente para ser feliz.
Ella sale del baño. La sonrisa delineada, la blusa delicadamente abierta para insinuar y prometer. Nada le va a alcanzar para calmar ese hombre herido, ese orgullo pisoteado. 
Jorge está en el centro del comedor, los ojos desorbitados y llorosos. Su voz ya no es ardiente y compradora, es algo que parece una voz pero es solo el reflejo de su alma hecha añicos.
Los vecinos oyen, pero nadie se mete. Un hombre enloquecido al que nadie va a frenar. Una pelea llena de puteadas y una golpiza tan brutal que solo la detiene los dientes de ella clavándose en su mano para evitar el castigo. 
El grita y ella más clava los dientes, él instintivamente le aprieta el cuello que cede bajo la presión. Lo puede sentir, suave y resistente hasta que sus manos furiosas hacen el resto.
La mano sangra por todos lados. Le horroriza ver y se va al baño a hacerse las curaciones. Es en el baño donde se cruza en un espejo con el reflejo y ve a otro hombre. Este tiene la cara desencajada, está sudado, tiene los pelos revueltos. No se le parece en absoluto y sin embargo tiene la certeza de que ese hombre siempre estuvo allí. Agazapado, escuchando cada chisme, amargándose en cada sospecha, afilando las uñas que se iban a clavar en el cuello de Alcira.
El viento del norte inunda todo con su calor inmundo. Mala noche para estar en esa casa de la avenida Montes de Oca. Pronto Jorge Burgos piensa que hacer. Tantos libros! Alguno tiene que servir: el asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas de Quincey, el de Raúl Barón Biza, El derecho de matar...
Lo primero es pensar como si estuviese afuera, como si esas manos no fuesen suyas. Como si esa mujer no fuese ella. Para eso, lo mejor será serenarse tomando algo fuerte. 
Lleva en andas el cuerpo de Alcira, que le pesa más en el corazón que en los brazos. Hay que hacer que deje de mirarlo con esos ojos secos, extraviados. Hay que hacer que deje de ser ella y se vuelva un enigma, un problema a resolver sin pasiones y sin juicios. 
La lleva al baño, desnuda ese cuerpo tantas veces soñado. La acuesta con cuidado ya sin ropas en la bañera y acomoda delicadamente los cabellos. Aún en su muerte es hermosa. 
Sigue bebiendo, no puede parar y las ideas están hirviendo furiosas en su cabeza. Si pudiese se la arrancaría, se cortaría de cuajo el centro de donde salen tantos pensamientos dolorosos, donde quedó el último grito de Alcira, donde están las palabras de su madre llenas de consejos que él no pidió. Cortar, arrancar de cuajo…tal vez esa sea la solución. Dividirla hasta que no sea una persona… ¿Por qué no? 
Mareado por tanto alcohol va a los tumbos. Encuentra lo que necesita y empieza. Serrucho, cuchillos, el agua de la ducha corriendo, lavando la sangre que brota por todos lados. 
Contempla su obra, es cierto: ya no parece un ser humano. Con infinito cuidado va armando paquetes envueltos en lo que tiene a mano: papel madera, bolsas, hilo sisal. 
Ahora empieza un largo, trabajoso viaje por toda la ciudad para dejarla lo más apartada posible de su casa. Martín Coronado, La Boca, algún baldío donde nadie va y donde nadie mira.
Vuelve a casa como si el mundo le pesase en los zapatos enchastrados... es que se metió en cada lado! Se siente sucio y va instintivamente hacia la ducha, ya en su departamento, el 3º E. Por suerte no se cruzó con nadie, Sólo piensa en el agua tibia limpiándole las manos estropeadas de tanto hacer fuerza y en sacarse el olor que se le metió en la nariz y en el alma. 
Llora desesperado, mató al amor de su vida y ahora, desnudo en la ducha con los azulejos amarillos de Vicri reflejándolo sutilmente le parece que es un mal sueño. Todo es un mal sueño. Se le revuelve el estomago de asco, se deja caer en la cama y se hunde en ella. El revuelo de unas vecinas hablando a los gritos lo despabilan con un dolor intenso en todo el cuerpo. No tiene idea de cuanto durmió...
Ya en el palier se cruza con todo el mundo. No paran de hablar de lo que la radio, los diarios y media Buenos Aires comenta: restos humanos, en un descampado. La misma imagen pero en la basura, una cabeza flotando en el río tan hinchada, los ojos tan hundidos que no se reconocen sus rasgos originales. En las manos y pies amputados no hay rastro de impresiones.
Al verlos tan desorientados, Jorge Burgos sonríe por dentro: es que la misma policía está perdida. Hay un juez, se llama Ernesto Black. Lo lee en los periódicos que repiten la noticia hasta saturarse. No se habla de otra cosa. Por un momento se siente protagonista en las sombras. Es más hábil que todos los uniformados juntos. Es un digno aprendiz de grandes criminales y su historia va camino a volverse leyenda negra, pero leyenda al fin.
El comisario Evaristo Urricelqui Jefe de la División Homicidios está agotado. Todo el caso viene mal parido desde que tiene a toda la opinión pública encima como una jauría enloquecida. Y a la cabeza, los ¨de arriba¨ que quieren todo para ayer, de ser posible. 
De lo que había aparecido, estaba un torso de mujer, encontrado por un sacerdote que pensó que era ropa ; en otro paquete hecho con un mantel de plástico verde atado con hilo sisal aparecieron  ambas piernas y un muslo. Otro paquete tenía el muslo faltante. Y en el Riachuelo aparece un cesto de alambre del tipo papelero de oficina con 2 extremidades superiores y una cabeza de mujer.
Asusta y atrae saber que no hay sangre en esos paquetes, que no hay huellas dactilares en la víctima.
Alivia por un rato al menos, saber que es una sola mujer. Aunque todas salen a la calle con miedo: un loco lo suficientemente enojado y hábil está suelto. Se esconde tras los ojos del menos imaginado...
La idea del juez le parece descabellada: juntar todos los restos aparecidos y que fuesen exhibidos en la Morgue Judicial. Faltaban partes, otras no parecían siquiera humanas pero el agua del Riachuelo tenía que ver en eso.
La ciudadanía fue convocada y muchísimos hombres y mujeres se presentaron a ver el cuerpo incompleto de una mujer que supo ser hermosa, que quería ser mirada pero no desde este espanto.
¨Algo se nos está pasando...¨ Y vieron en uno de sus hombros una cicatriz de 3 cm de largo. 
Accidente? Operación? Post mortem? .
Francisco Cablet era por ese entonces médico legista y es quien comprueba el tipo de lesión  Corrobora que solo dos médicos realizan este procedimiento quirúrgico de modo satisfactorio.
Era una osteosíntesis, en una fractura de clavícula. Uno de ellos resultó ser el Dr. Humberto Ciccero Ragozza. Se mandó la foto a todos los hospitales, Fueron los del hospital Argerich quienes dijeron que  una mujer joven había sido operada en ese centro asistencial por ese facultativo.
Se revisan las historias clínicas y así se llegó a saber quién era la víctima.
Su operación  había sido el 15 de septiembre de 1954.Se llamaba Alcira Methyger,  tenía por ese entonces veintisiete años. Era una salteña que tenía una hermana empleada doméstica como ella. 
Hablar con la hermana fue descubrir que secretos escondía Alcira: varios novios, uno particularmente tímido, de 36 años que quería casarse con ella y que lo conocía desde hace mucho tiempo.
A Ana Urbana Methyger le daba pena el pobre tipo que quería casarse a toda costa con una mujer que no lo amaba y que lo iba a hacer cornudo desde el vamos. Jamás lo pensó como el asesino y descuartizador que era...
Jorge siente que la noche lo asfixia. Los diarios hablan de noticias que se filtran desde la misma morgue. De procedimientos en el Argerich y recuerda el accidente y la  operación. 
Ya no se piensa tan inteligente, Ahora están atrás de él. Siente que la gente que pasa cerca cuando camina sabe. La verdad se le ve en la mirada de animal en medio de una encerrona. Hay que escapar. Hay que irse ya. Irse con los suyos.
Prepara con lo que puede un bolso y cierra todo con un cuidado único. 
Ya en la estación de trenes, cuando es de noche se sube a El Marplatense, 
Los policías le pisan los talones: fueron al departamento, lo allanaron. No estaba pero un vecino les dio un indicio: ¨ se habrá ido a Mar del Plata, la familia está de vacaciones ahí ¨ El portero tiene copia de la llave y los deja entrar. Hay muchos libros, Jorge es un ávido lector del género policial y de suspenso…
Puta madre, piensa  Urricelqui furioso. Lo único que me faltaba: que me quede el caso en General Pueyrredón…
 Salen volando para Constitución del Ferrocarril General Roca y llegan tarde. Se les va el tren que tiene entre mil y mil quinientos pasajeros. En sus autos van como enloquecidos y lo alcanzaron finalmente en Maipú. Buscan en el pasaje un hombre gris  de rostro redondo y gruesos lentes. Lo encuentran y no saben como será el que van a detener: es el tranquilo vecino al que todos aprecian, es el amante despechado, es un loco furioso? 
Es un hombre que llora...
Lo llevan a  Buenos Aires, y termina en el Departamento de Policía. Después todo se vuelve vertiginoso en la mente de Jorge. Como cuando estaba cenando con ella y al rato la abrazaba bañado en lágrimas y sudor helado. Abrazaba una ilusión muerta y se quedaba con el corazón quebrado en partes.
Llegaría la hora de la reconstrucción de los hechos en su casa, la masa de gente enloquecida. Se pregunta quienes están más locos, si los que lo quieren matar y lo acusan de niño bien que quiso aprovecharse de una pobre compañera trabajadora o los que lo felicitan por ¨ haberle bajado el copete a la chiruza esa ¨. Qué sabe la gente, que saben de su amor. De los sueños que tenía. Del deseo que estallaba cuando ella estaba cerca y lo miraba...
Del hombre con pinta de intelectual que parecía iba a ganarle la partida a la policía poco quedaba. 
Este Jorge escucha su sentencia en la soledad de sus pensamientos. 
Son veinte los años a los que es sentenciado. Se toma como intento de burlar a la justicia y deshacerse de las pruebas del delito el haberla descuartizado. Se habla de otro caso, de otra mujer y de otra historia trunca de amor y se menciona a Virginia Donatelli, la descuartizada del lago de Palermo.
La justicia lo cree un buen muchacho, trabajador, responsable y buen hijo. 
Finalmente se cierra su cuenta en 14 años de cárcel. 1965 lo encontraría en libertad y de vuelta en la casa maldita de la Avenida Montes de Oca, donde los memoriosos recuerdan una nena charlatana y simpática que jugaba con Jorge en el umbral de mármol blanco. Vivía en el mismo lugar, un piso más arriba.
Pasarían algunos años más hasta que ella lo siguiera en sus pasos a la leyenda negra, cuando se convirtiese en Yiya Murano y su pericia con el cianuro se volviese legendaria.
Los años de cárcel lo volverían aún más dócil. Le suavizarían la mirada y le domarían los sueños. Se cuenta que escribió un libro mientras aguardaba la sentencia: Yo no maté a Alcira, que dicen las malas lenguas fue escrito por su abogado defensor nomás para cobrarse la defensa...tal vez sea verdad. Bien es sabido que los juicios se ganan o se pierden, no así los honorarios.


Al salir de la cárcel, vuelve peor que vencido a su viejo hogar. Un nido que alguna vez imaginó compartido con Alcira. Ahora el edificio envejecido como él se le vuelve hostil. No lo quieren los vecinos, han pasado tantas cosas. 
Murió siendo pastor evangélico. Dulces le sonaron las palabras de esas personas que hablaban de un Dios ya no lleno de castigos y culpas sino de amor y perdones varios. Que odiaba el pecado pero se reconciliaba con el caído. Era bueno saber que alguien por fin lo amaba, aún sabiendo lo que había hecho. Lejos quedaban los reproches maternos, la voz de Alcira taladrándole en los oídos: ¨ cuando me case será con un hombre", el frenético griterío de la gente estaba todo afuera...
También Buenos Aires a su modo se volvió asesina y descuartizadora, hubieron mutilados en esos bombardeos a la plaza en 1955, se callaron voces, se amputaron nombres que no debían volver a ser pronunciados. 
Que se esconde en esos ojos, detrás de los gruesos cristales? Que vio Jorge esa noche cuando enloquecido de pena y desprecio se reflejó en el espejo luego de mutilar a Alcira? Siento miedo de pensar en los demonios ocultos en la mirada de la gente gris y por eso, te conté esta historia. Ahora, al menos, seremos dos y compartiremos nuestros más profundos temores.




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Alejandra del Carmen Valente
Alumna del Taller de Periodismo Policial

Cartas desde la prisión




Tenía 15 años y estaba en el secundario.
En ese entonces existía la revista ASÍ que era de gran impacto visual por sus portadas con fotos de crímenes y asesinatos espeluznantes. Mucha sangre y cadáveres a granel. Pero lo que a mí me atraía de esa revista eran los anuncios de búsqueda de amistades. No existía internet y era la única forma de conocer gente que significara una incógnita. 
Siempre fui muy soñadora, introvertida y fantasiosa por lo cual, conocer personas lejanas para mí era todo un desafío. Sentía atracción por lo desconocido.
Es así que respondí a dos o tres anuncios. Yo vivía en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires y estudiaba en el Colegio Nacional.
Porqué me interesaba hacer amistad con personas desconocidas y no tanto con las que tenía a mi alrededor? No lo sé. Me imagino que despertaban en mí la curiosidad de lo diferente .
Uno de estos anuncios era el de una chica de mi misma edad que vivía en la provincia de La Rioja, provincia que me parecía muy exótica.
Le escribí y entablamos así una amistad epistolar que duró casi 20 años y sin que nos hayamos conocido personalmente durante todo ese período. 
También era muy movilizador , recibir el cartero. Que viniera a mi casa a traerme una carta era una emoción muy grande. El cartero y el correo eran importantísimos.
El otro corresponsal era un preso. Sí, había anuncios de presos y por lo general los que los ponían eran presos que estaban cumpliendo condena en la cárcel de Caseros. 
Creo que le respondí a dos, pero uno de ellos fue el que me cautivó por sus cartas. Me resultaban muy interesantes, eran diría apasionantes y no, no había nada de sexo en ellas ni tampoco romanticismo. Sí sentimentalismo y nostalgia. El hombre me hablaba de otras cosas. De la vida. Reflexiones, filosofía, etc. Me contaba de sus gustos musicales, de que había conocido a Maisa Matarasso, me contaba de sus canciones y de sus experiencias. Fascinada. Así estaba yo. Una jovencita que vivía en Chivilcoy y que no conocía nada del mundo ni de la vida más que por los libros.
Lo enviaron a Sierra Chica. Él me había dicho que estaba en la cárcel porque haciendo una picada había matado a una persona. No pregunté. Me limité a creerle. No recuerdo mucho más, pero estuvimos escribiéndonos más o menos como dos años o dos años y medio. 
A mis dieciocho años me fui a vivir a Buenos Aires. El ya había sido liberado y yo tenía su teléfono. 


Estaba de novia pero tenía la idea fija de conocer al ex preso así que le conté a mi novio toda la historia y hasta le mostré el atado de cartas que atesoraba.
No le gustó nada pero yo estaba decidida al encuentro pasara lo que pasara. 
Una tarde me convenció que tire las cartas. Con argumentos masculinos y con derechos que le daba su condición de novio, me dijo que no era correcto que estando de novia con él conservara esas cartas y que si lo quería o sentía algo por él, debía tirarlas. 
Nos encontramos, salimos a caminar y al pasar por un baldío me pidió que las tirara del otro lado de la tapia. Con todo el dolor del alma lo hice. Todavía hoy me arrepiento. 
A lo que no estaba dispuesta a renunciar era al encuentro con el preso. Mi novio era civil y trabajaba como corrector en una revista de Aeronáutica que se editaba en ese entonces llamada Aeroespacio. Cuento esto por algo que sucedió después. 
Llamé al ex preso y hablé con él. Quedamos en encontrarnos en un bar. Mis familiares más cercanos en Buenos Aires eran una prima y su marido. Y estaban alarmados. El marido de mi prima dijo que iría al bar y de lejos observaría todo lo que sucediera.
Fui al bar. Esperé. El ex preso nunca apareció. 
Luego mi novio me dijo que lo había hecho seguir por personal de Aeronáutica. Nunca supe si fue verdad pero no tuve más noticias de R.

Y las cartas ya estaban perdidas para siempre.



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Delia Bercellini
Alumna del Taller de Periodismo Policial