Todavía tengo en mi mente sus ojos. Los ojos que me miran al preparar la historia.
Voy armando el relato dentro de mi mente. Febrero. 1955. El calor de Buenos Aires pegándose en la camisa y el cuerpo de ese hombre que horas atrás hablaba palabras tiernas de amor eterno y ahora, con las mangas arremangadas, se estira dentro de la bañera haciendo del cuerpo de la mujer adorada un obsceno rompecabezas.
Jorge Burgos tenía una vida del color de las cenizas. Un trabajo rutinario como corredor de una pequeña imprenta. Un amor prohibido que lo enloquecía y alguien sin nada en común salvo la pasión ocasional y casi mendigada.Alcira Methyger quería llegar más alto de lo que le daban las alas: de ser una humilde empleada doméstica en esa Buenos Aires burgesa y discriminadora , espera cotizar bien su figura esbelta donde se destacaban unos ojos negros que a veces eran crueles y a veces mentian pasión.
Quiso Buenos Aires cruzarlos en la casa de los padres de él. Ella bajo la mirada atenta de la madre de Jorge, viviendo en esa casa ajena como pensionista ocasional.
!Los aires de esa mujer, por Dios ! Ni que su hijo fuese un príncipe y ella la mismísima reina madre !
Alcira los mira y sueña... algún día ella también va a ser una reina...
La primera vez que sintió el deseo de Jorge en su mirada, supo que iba a ser una presa fácil. El parecía estar mas interesado en los montones de libros apilados en su cuarto que en su encanto. Por eso se sintió hermosa cuando lo descubrió: la mirada ardiente en esa cara redonda lo haciá mas cercano. Tal vez... en ese cuerpo también hubiese fuego.
Se equivocó y acertó a la vez. Había fuego, pero no alcanzaba. No alcanzaba para enfrentar a la madre y confesarle que estaba loco por esa mujer de largos cabellos negros y cuerpo sabio en placeres. No alcanzaba para enfrentar a la sociedad dividida de febrero del 55 donde todavía se escuchaba: La vida por Perón ! … y también Viva el cancer !
Jorge prometía y prometía. Escribía lindas palabras de amor y le hacía regalos pero no blanqueba una situación destinada al mas amargo fracaso.
Los padres de él se fueron a Mar del Plata para pasar las vacaciones de verano. Jorge inventó trabajo atrasado de todo tipo, y prometió alcanzarlos ni bien pudiese en la costa.
Ahora, con el terreno despejado podría pensar. Planear. Soñar con estar con ese amor prohibido que lo estaba cercenando desde su deseo.
La invitó a cenar. Una cena sólo para los dos. La casa sola sin las palabras altaneras de su madre llenándolo de consejos y destilando venenos. Sin esa mirada opaca de su padre que no contradecía en nada a su esposa mandona. Esa mirada que Jorge sentía se le estaba pegando en los ojos.
Ella llegó bellísima con un perfume que de pronto lo envolvió, casi ahogándolo.
La cena transcurrió tranquila, parecían una pareja que solo disfrutaban de la alegría de estar juntos, sin peligros ni sobresaltos.
Llegada la sobremesa, él se puso un poco más romántico. Tal vez el vino de la cena, o el perfume de esa mujer que lo azuza con la sonrisa tierna y las piernas que se cruzan tentadoras. Siente que se sofoca, Buenos Aires es también en esta noche una mujer enloquecedora.
Trata de besarla, de acariciarla. De hacerla real de tantas veces que la viene soñando y la desea.
Y ella toma distancia, acrecentando su deseo: tengo que ir al baño, ya vengo.
Se deja olvidada la cartera. Y él la abre, buscando sin saber qué, dejándose llevar por el instinto de hombre que tiene celos y al que han cebado los comentarios malintencionados y las habladurías de su madre.
Hay un libro, que él le regaló. Y en él como un señalador, una carta. Mira de reojo, todavía está en el baño, hay que darse prisa, saber la verdad de golpe. Lee las primeras frases y siente que el aire se le va del pecho. La habitación gira violentamente y no logra entender las palabras escritas. Es una carta de amor, pero Jorge no la ha escrito. Hay palabras atrevidas que él jamás hubiese dicho y siente que se rieron de él. De su amor, se rieron de sus sueños de irse de esa casa maldita y empezar una vida desde la nada misma, despojándose de tanto orgullo insuficiente para ser feliz.
Ella sale del baño. La sonrisa delineada, la blusa delicadamente abierta para insinuar y prometer. Nada le va a alcanzar para calmar ese hombre herido, ese orgullo pisoteado.
Jorge está en el centro del comedor, los ojos desorbitados y llorosos. Su voz ya no es ardiente y compradora, es algo que parece una voz pero es solo el reflejo de su alma hecha añicos.
Los vecinos oyen, pero nadie se mete. Un hombre enloquecido al que nadie va a frenar. Una pelea llena de puteadas y una golpiza tan brutal que solo la detiene los dientes de ella clavándose en su mano para evitar el castigo.
El grita y ella más clava los dientes, él instintivamente le aprieta el cuello que cede bajo la presión. Lo puede sentir, suave y resistente hasta que sus manos furiosas hacen el resto.
La mano sangra por todos lados. Le horroriza ver y se va al baño a hacerse las curaciones. Es en el baño donde se cruza en un espejo con el reflejo y ve a otro hombre. Este tiene la cara desencajada, está sudado, tiene los pelos revueltos. No se le parece en absoluto y sin embargo tiene la certeza de que ese hombre siempre estuvo allí. Agazapado, escuchando cada chisme, amargándose en cada sospecha, afilando las uñas que se iban a clavar en el cuello de Alcira.
El viento del norte inunda todo con su calor inmundo. Mala noche para estar en esa casa de la avenida Montes de Oca. Pronto Jorge Burgos piensa que hacer. Tantos libros! Alguno tiene que servir: el asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas de Quincey, el de Raúl Barón Biza, El derecho de matar...
Lo primero es pensar como si estuviese afuera, como si esas manos no fuesen suyas. Como si esa mujer no fuese ella. Para eso, lo mejor será serenarse tomando algo fuerte.
Lleva en andas el cuerpo de Alcira, que le pesa más en el corazón que en los brazos. Hay que hacer que deje de mirarlo con esos ojos secos, extraviados. Hay que hacer que deje de ser ella y se vuelva un enigma, un problema a resolver sin pasiones y sin juicios.
La lleva al baño, desnuda ese cuerpo tantas veces soñado. La acuesta con cuidado ya sin ropas en la bañera y acomoda delicadamente los cabellos. Aún en su muerte es hermosa.
Sigue bebiendo, no puede parar y las ideas están hirviendo furiosas en su cabeza. Si pudiese se la arrancaría, se cortaría de cuajo el centro de donde salen tantos pensamientos dolorosos, donde quedó el último grito de Alcira, donde están las palabras de su madre llenas de consejos que él no pidió. Cortar, arrancar de cuajo…tal vez esa sea la solución. Dividirla hasta que no sea una persona… ¿Por qué no?
Mareado por tanto alcohol va a los tumbos. Encuentra lo que necesita y empieza. Serrucho, cuchillos, el agua de la ducha corriendo, lavando la sangre que brota por todos lados.
Contempla su obra, es cierto: ya no parece un ser humano. Con infinito cuidado va armando paquetes envueltos en lo que tiene a mano: papel madera, bolsas, hilo sisal.
Ahora empieza un largo, trabajoso viaje por toda la ciudad para dejarla lo más apartada posible de su casa. Martín Coronado, La Boca, algún baldío donde nadie va y donde nadie mira.
Vuelve a casa como si el mundo le pesase en los zapatos enchastrados... es que se metió en cada lado! Se siente sucio y va instintivamente hacia la ducha, ya en su departamento, el 3º E. Por suerte no se cruzó con nadie, Sólo piensa en el agua tibia limpiándole las manos estropeadas de tanto hacer fuerza y en sacarse el olor que se le metió en la nariz y en el alma.
Llora desesperado, mató al amor de su vida y ahora, desnudo en la ducha con los azulejos amarillos de Vicri reflejándolo sutilmente le parece que es un mal sueño. Todo es un mal sueño. Se le revuelve el estomago de asco, se deja caer en la cama y se hunde en ella. El revuelo de unas vecinas hablando a los gritos lo despabilan con un dolor intenso en todo el cuerpo. No tiene idea de cuanto durmió...Ya en el palier se cruza con todo el mundo. No paran de hablar de lo que la radio, los diarios y media Buenos Aires comenta: restos humanos, en un descampado. La misma imagen pero en la basura, una cabeza flotando en el río tan hinchada, los ojos tan hundidos que no se reconocen sus rasgos originales. En las manos y pies amputados no hay rastro de impresiones.
Al verlos tan desorientados, Jorge Burgos sonríe por dentro: es que la misma policía está perdida. Hay un juez, se llama Ernesto Black. Lo lee en los periódicos que repiten la noticia hasta saturarse. No se habla de otra cosa. Por un momento se siente protagonista en las sombras. Es más hábil que todos los uniformados juntos. Es un digno aprendiz de grandes criminales y su historia va camino a volverse leyenda negra, pero leyenda al fin.
El comisario Evaristo Urricelqui Jefe de la División Homicidios está agotado. Todo el caso viene mal parido desde que tiene a toda la opinión pública encima como una jauría enloquecida. Y a la cabeza, los ¨de arriba¨ que quieren todo para ayer, de ser posible.
De lo que había aparecido, estaba un torso de mujer, encontrado por un sacerdote que pensó que era ropa ; en otro paquete hecho con un mantel de plástico verde atado con hilo sisal aparecieron ambas piernas y un muslo. Otro paquete tenía el muslo faltante. Y en el Riachuelo aparece un cesto de alambre del tipo papelero de oficina con 2 extremidades superiores y una cabeza de mujer.
Asusta y atrae saber que no hay sangre en esos paquetes, que no hay huellas dactilares en la víctima.
Alivia por un rato al menos, saber que es una sola mujer. Aunque todas salen a la calle con miedo: un loco lo suficientemente enojado y hábil está suelto. Se esconde tras los ojos del menos imaginado...
La idea del juez le parece descabellada: juntar todos los restos aparecidos y que fuesen exhibidos en la Morgue Judicial. Faltaban partes, otras no parecían siquiera humanas pero el agua del Riachuelo tenía que ver en eso.
La ciudadanía fue convocada y muchísimos hombres y mujeres se presentaron a ver el cuerpo incompleto de una mujer que supo ser hermosa, que quería ser mirada pero no desde este espanto.
¨Algo se nos está pasando...¨ Y vieron en uno de sus hombros una cicatriz de 3 cm de largo.
Accidente? Operación? Post mortem? .
Francisco Cablet era por ese entonces médico legista y es quien comprueba el tipo de lesión Corrobora que solo dos médicos realizan este procedimiento quirúrgico de modo satisfactorio.
Era una osteosíntesis, en una fractura de clavícula. Uno de ellos resultó ser el Dr. Humberto Ciccero Ragozza. Se mandó la foto a todos los hospitales, Fueron los del hospital Argerich quienes dijeron que una mujer joven había sido operada en ese centro asistencial por ese facultativo.
Se revisan las historias clínicas y así se llegó a saber quién era la víctima.
Su operación había sido el 15 de septiembre de 1954.Se llamaba Alcira Methyger, tenía por ese entonces veintisiete años. Era una salteña que tenía una hermana empleada doméstica como ella.
Hablar con la hermana fue descubrir que secretos escondía Alcira: varios novios, uno particularmente tímido, de 36 años que quería casarse con ella y que lo conocía desde hace mucho tiempo.
A Ana Urbana Methyger le daba pena el pobre tipo que quería casarse a toda costa con una mujer que no lo amaba y que lo iba a hacer cornudo desde el vamos. Jamás lo pensó como el asesino y descuartizador que era...
Jorge siente que la noche lo asfixia. Los diarios hablan de noticias que se filtran desde la misma morgue. De procedimientos en el Argerich y recuerda el accidente y la operación.
Ya no se piensa tan inteligente, Ahora están atrás de él. Siente que la gente que pasa cerca cuando camina sabe. La verdad se le ve en la mirada de animal en medio de una encerrona. Hay que escapar. Hay que irse ya. Irse con los suyos.
Prepara con lo que puede un bolso y cierra todo con un cuidado único.
Ya en la estación de trenes, cuando es de noche se sube a El Marplatense,
Los policías le pisan los talones: fueron al departamento, lo allanaron. No estaba pero un vecino les dio un indicio: ¨ se habrá ido a Mar del Plata, la familia está de vacaciones ahí ¨ El portero tiene copia de la llave y los deja entrar. Hay muchos libros, Jorge es un ávido lector del género policial y de suspenso…
Puta madre, piensa Urricelqui furioso. Lo único que me faltaba: que me quede el caso en General Pueyrredón…
Salen volando para Constitución del Ferrocarril General Roca y llegan tarde. Se les va el tren que tiene entre mil y mil quinientos pasajeros. En sus autos van como enloquecidos y lo alcanzaron finalmente en Maipú. Buscan en el pasaje un hombre gris de rostro redondo y gruesos lentes. Lo encuentran y no saben como será el que van a detener: es el tranquilo vecino al que todos aprecian, es el amante despechado, es un loco furioso?
Es un hombre que llora...
Lo llevan a Buenos Aires, y termina en el Departamento de Policía. Después todo se vuelve vertiginoso en la mente de Jorge. Como cuando estaba cenando con ella y al rato la abrazaba bañado en lágrimas y sudor helado. Abrazaba una ilusión muerta y se quedaba con el corazón quebrado en partes.
Llegaría la hora de la reconstrucción de los hechos en su casa, la masa de gente enloquecida. Se pregunta quienes están más locos, si los que lo quieren matar y lo acusan de niño bien que quiso aprovecharse de una pobre compañera trabajadora o los que lo felicitan por ¨ haberle bajado el copete a la chiruza esa ¨. Qué sabe la gente, que saben de su amor. De los sueños que tenía. Del deseo que estallaba cuando ella estaba cerca y lo miraba...
Del hombre con pinta de intelectual que parecía iba a ganarle la partida a la policía poco quedaba.
Este Jorge escucha su sentencia en la soledad de sus pensamientos.
Son veinte los años a los que es sentenciado. Se toma como intento de burlar a la justicia y deshacerse de las pruebas del delito el haberla descuartizado. Se habla de otro caso, de otra mujer y de otra historia trunca de amor y se menciona a Virginia Donatelli, la descuartizada del lago de Palermo.
La justicia lo cree un buen muchacho, trabajador, responsable y buen hijo.
Finalmente se cierra su cuenta en 14 años de cárcel. 1965 lo encontraría en libertad y de vuelta en la casa maldita de la Avenida Montes de Oca, donde los memoriosos recuerdan una nena charlatana y simpática que jugaba con Jorge en el umbral de mármol blanco. Vivía en el mismo lugar, un piso más arriba.
Pasarían algunos años más hasta que ella lo siguiera en sus pasos a la leyenda negra, cuando se convirtiese en Yiya Murano y su pericia con el cianuro se volviese legendaria.
Los años de cárcel lo volverían aún más dócil. Le suavizarían la mirada y le domarían los sueños. Se cuenta que escribió un libro mientras aguardaba la sentencia: Yo no maté a Alcira, que dicen las malas lenguas fue escrito por su abogado defensor nomás para cobrarse la defensa...tal vez sea verdad. Bien es sabido que los juicios se ganan o se pierden, no así los honorarios.
Al salir de la cárcel, vuelve peor que vencido a su viejo hogar. Un nido que alguna vez imaginó compartido con Alcira. Ahora el edificio envejecido como él se le vuelve hostil. No lo quieren los vecinos, han pasado tantas cosas.
Murió siendo pastor evangélico. Dulces le sonaron las palabras de esas personas que hablaban de un Dios ya no lleno de castigos y culpas sino de amor y perdones varios. Que odiaba el pecado pero se reconciliaba con el caído. Era bueno saber que alguien por fin lo amaba, aún sabiendo lo que había hecho. Lejos quedaban los reproches maternos, la voz de Alcira taladrándole en los oídos: ¨ cuando me case será con un hombre", el frenético griterío de la gente estaba todo afuera...
También Buenos Aires a su modo se volvió asesina y descuartizadora, hubieron mutilados en esos bombardeos a la plaza en 1955, se callaron voces, se amputaron nombres que no debían volver a ser pronunciados.
Que se esconde en esos ojos, detrás de los gruesos cristales? Que vio Jorge esa noche cuando enloquecido de pena y desprecio se reflejó en el espejo luego de mutilar a Alcira? Siento miedo de pensar en los demonios ocultos en la mirada de la gente gris y por eso, te conté esta historia. Ahora, al menos, seremos dos y compartiremos nuestros más profundos temores.
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Alejandra del Carmen Valente
Alumna del Taller de Periodismo Policial