Tenía 15 años y estaba en el secundario.
En ese entonces existía la revista ASÍ que era de gran impacto visual por sus portadas con fotos de crímenes y asesinatos espeluznantes. Mucha sangre y cadáveres a granel. Pero lo que a mí me atraía de esa revista eran los anuncios de búsqueda de amistades. No existía internet y era la única forma de conocer gente que significara una incógnita.
Siempre fui muy soñadora, introvertida y fantasiosa por lo cual, conocer personas lejanas para mí era todo un desafío. Sentía atracción por lo desconocido.
Es así que respondí a dos o tres anuncios. Yo vivía en Chivilcoy, provincia de Buenos Aires y estudiaba en el Colegio Nacional.
Porqué me interesaba hacer amistad con personas desconocidas y no tanto con las que tenía a mi alrededor? No lo sé. Me imagino que despertaban en mí la curiosidad de lo diferente .
Uno de estos anuncios era el de una chica de mi misma edad que vivía en la provincia de La Rioja, provincia que me parecía muy exótica.
Le escribí y entablamos así una amistad epistolar que duró casi 20 años y sin que nos hayamos conocido personalmente durante todo ese período.
También era muy movilizador , recibir el cartero. Que viniera a mi casa a traerme una carta era una emoción muy grande. El cartero y el correo eran importantísimos.
El otro corresponsal era un preso. Sí, había anuncios de presos y por lo general los que los ponían eran presos que estaban cumpliendo condena en la cárcel de Caseros.
Creo que le respondí a dos, pero uno de ellos fue el que me cautivó por sus cartas. Me resultaban muy interesantes, eran diría apasionantes y no, no había nada de sexo en ellas ni tampoco romanticismo. Sí sentimentalismo y nostalgia. El hombre me hablaba de otras cosas. De la vida. Reflexiones, filosofía, etc. Me contaba de sus gustos musicales, de que había conocido a Maisa Matarasso, me contaba de sus canciones y de sus experiencias. Fascinada. Así estaba yo. Una jovencita que vivía en Chivilcoy y que no conocía nada del mundo ni de la vida más que por los libros.
Lo enviaron a Sierra Chica. Él me había dicho que estaba en la cárcel porque haciendo una picada había matado a una persona. No pregunté. Me limité a creerle. No recuerdo mucho más, pero estuvimos escribiéndonos más o menos como dos años o dos años y medio.
A mis dieciocho años me fui a vivir a Buenos Aires. El ya había sido liberado y yo tenía su teléfono.
Estaba de novia pero tenía la idea fija de conocer al ex preso así que le conté a mi novio toda la historia y hasta le mostré el atado de cartas que atesoraba.
No le gustó nada pero yo estaba decidida al encuentro pasara lo que pasara.
Una tarde me convenció que tire las cartas. Con argumentos masculinos y con derechos que le daba su condición de novio, me dijo que no era correcto que estando de novia con él conservara esas cartas y que si lo quería o sentía algo por él, debía tirarlas.
Nos encontramos, salimos a caminar y al pasar por un baldío me pidió que las tirara del otro lado de la tapia. Con todo el dolor del alma lo hice. Todavía hoy me arrepiento.
A lo que no estaba dispuesta a renunciar era al encuentro con el preso. Mi novio era civil y trabajaba como corrector en una revista de Aeronáutica que se editaba en ese entonces llamada Aeroespacio. Cuento esto por algo que sucedió después.
Llamé al ex preso y hablé con él. Quedamos en encontrarnos en un bar. Mis familiares más cercanos en Buenos Aires eran una prima y su marido. Y estaban alarmados. El marido de mi prima dijo que iría al bar y de lejos observaría todo lo que sucediera.
Fui al bar. Esperé. El ex preso nunca apareció.
Luego mi novio me dijo que lo había hecho seguir por personal de Aeronáutica. Nunca supe si fue verdad pero no tuve más noticias de R.
Y las cartas ya estaban perdidas para siempre.
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Delia Bercellini
Alumna del Taller de Periodismo Policial