Aquella noche ella no pensó que volvería a sentirse un poco más segura. Bajó del auto en el que iba con su padre, entró al minimarket de la estación de servicio YPF que se encuentra en al acceso sur a San Lorenzo (a 30 km. de Rosario) y compró chicles de menta como siempre. Salió poniéndose uno en la boca, levantó la cabeza y lo vio.
La sorpresa de la presencia ocasional de un patrullero de policía la tranquilizó, pero sin embargo, se acercó a ellos gritando y les trató de explicar, en la menor cantidad de palabras posible, para acelerar la cuestión, quien era ese hombre flaquito, de rulos, con un rostro de esos que no te generan nada. Ese que estaba cargando nafta en el Volkswagen Gol gris que reconocía sin dudarlo, en la misma estación que ellos y, sobre todo, en la misma que ella.
Eran las ocho de la noche del lunes 18 de mayo de 2009, cuando una de las víctimas de Julio Nicolás Sina lo identificó y terminó con la pesadilla de más de una veintena de jóvenes, adolescentes y hasta niñas del Cordón Industrial que habían padecido a este hombre. Cuando la policía lo apresó, él no se resistió y, al contrario, quienes lo detuvieron dicen que hasta les agradeció su suerte, porque “ya no podía parar de hacer lo que hacía”. Sina no podía parar de buscar jovencitas para abusar y violar.
Se trataba del mayor violador serial del país de los últimos tiempos y del más peligroso de la región.
El último rayo de libertad
Ese lunes, Julio se había levantado temprano para ir a trabajar la caldera de una reconocida empresa de la zona, antes de irse, saludó como todas las mañanas a su madre, con quien vivió sus 31 años, en el mismo chalet de calle Ecuador de Capitán Bermúdez, le envió un amoroso mensaje de texto a su novia, una rosarina con quien por ese entonces llevaba 4 años en pareja y ya hablaban de casamiento. Después de los saludos matutinos habituales se fue a su trabajo. Por la tarde, nuevamente en su casa, dio clases particulares de física a alumnos de secundaria en su rol de tranquilo, pacífico y hasta comprensivo profesor. Todos los adolescentes que aprendieron con él quedaron pasmados al enterarse de la verdadera personalidad de Julio, la cual definitivamente no se reconocía en el ser amable, de perfil bajo y pacífico, a quien sus padres los habían hecho recurrir para aprobar alguna materia.
Después de una larga jornada laboral, Julio fue al ciber que se encuentra a unas pocas cuadras de su casa, en pleno centro de Capitán Bermúdez, chequeó sus mails y salió a recorrer las calles de la región, en búsqueda de “algo nuevo” por hacer. Sin embargo, su suerte cambió cuando al llegar a la ciudad de San Lorenzo decidió cargar nafta a su auto. Con la tranquilidad que lo caracterizó siempre según su círculo cercano, vio acercarse a dos policías rápidamente hacia él. No se inmutó, no atinó a escapar, no negó nada, ni cambió su actitud. Así, tranquilo como su novia, su madre y sus alumnos lo conocieron, les dijo que sí, que era él a quien buscaban, que lo detengan porque “ya no podía parar” y finalmente se quebró. El hombre, que se ocultaba detrás de una imagen formal y confiable, nunca pudo explicar el porqué de su conducta y aseguró que tenía una vida feliz con su familia.
Según los registros de la policía, el primero de los hechos ocurrió en marzo de 2008 y el último de la saga el viernes antes de su detención. Así pudo comprobarse que en el último año habría sido autor de al menos dos tentativas de violación (una en Capitán Bermúdez y otra en Fray Luis Beltrán) y dos violaciones (en las mismas localidades) además de un tercer hecho de abuso que no fue denunciado. También confesó ser autor de cinco vejaciones y al menos cuatro intentos en la vecina ciudad de Rosario.
El mismo, ya en la sede policial, durante el interrogatorio admitió que llevaba al menos 3 años cometiendo estas atrocidades, por lo que con el correr de la investigación el número subió a doce los casos de violación y cinco los de tentativa de abuso sexual, entre ellas una nena de once años y hasta una embarazada. La mayoría de las víctimas eran menores.
El violador del celular
Lo llamaron “el violador del celular”, porque cuando consumaba los ataques filmaba y fotografiaba a sus víctimas y luego guardaba el material en su computadora. Muchas veces para amenazar a las mujeres que registraba, para que éstas vuelvan a tener relaciones con él. Aunque los investigadores admiten también que al revisar sus correos electrónicos, Julio había ofrecido el material a gran cantidad de páginas pornográficas de la web, aunque no se encontró la respuesta de ninguna de éstas aceptando las propuestas. En sus mails, él les explicaba que les podría mandar dos videos caseros por mes, lo que demostraba su intensión seguir cometiendo abusos y violaciones para así cumplir con el suministro de material.
En la casa del muchacho, además de su computadora, también fue secuestrado un cuaderno con tan prolijas como perversas anotaciones en las que llevaba registro de las chicas abusadas y que sirvió de prueba en su acusación.
Diferentes modus operandi, un mismo objetivo
Su fin siempre era el mismo, fuera cual fuera la edad de las víctimas: someterlas sexualmente, sacarles fotos y filmarlas. Sin embargo, su modos operandi era distinto según la zona en la que se desempeñaba.
En cuanto a las adolescentes de Rosario las contactaba vía mail o chat ofreciéndoles trabajos en boliches o cíbers de los que decía ser dueño y las citaba en algún bar de la ciudad donde tomaban algo. Después les ofrecía llevarlas hasta su casa y ya arriba del auto desviaba su camino para terminar en algún lugar alejado donde las sometía.
Por otro lado, para “cazar” a víctimas en la zona cercana a su domicilio, en Capitán Bermúdez, Fray Luis Beltrán y San Lorenzo, Julio salía a dar vueltas en su auto por la noche, cuando terminaba de trabajar, y cuando detectaba a alguna jovencita en las paradas de colectivos se bajaba del vehículo para preguntarle por alguna calle de la región. Después las amenazaba con un arma blanca y las obligaba a subir al Volkswagen para llevarlas a algún lugar descampado y allí violarlas a bordo del vehículo. Eso sí, en el caso de que las chicas se resistieran demasiado, las hacía bajar sin ejercer más violencia física.
Después de la detención
Julio no dijo explícitamente la palabra “gracias” cuando lo detuvieron, pero su actitud destellaba algo de gratitud según quienes pudieron observar la situación. El joven técnico químico, de clase media alta, familia respetada y reconocida en su ciudad, de intachable conducta en la empresa donde trabajaba, con alumnos que llegaban a su casa recomendados por los padres de otros alumnos a los que les había hecho obtener buenos resultados, gentil con los vecinos del barrio y con una novia con la cual planeaban casarse muy pronto, ese mismo hombre, ahora, dos años después, está en una cárcel de máxima seguridad. Siempre lo visita su madre. Siempre lo visita su novia.
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Flavia Campeis
Alumna del Taller de Periodismo Policial