Por más que lo pienso y lo intento no puedo ver a Ricardo Barreda, el odontólogo que el 15 de noviembre de 1992 mató a su esposa, a su suegra y a sus dos hijas en La Plata, como un monstruo. No lo puedo ver como veo y siento al violador de la chiquita que fue quemada después de violada y que sobrevivió para contarlo. No lo puedo ver como a tantos otros que cometieron crímenes atroces, horrendos. No es que los crímenes de Barreda no lo sean, pero él me sigue pareciendo un tipo común. A lo mejor yo soy una especie de enclitofílica (así llamaba el criminalista francés Edmon Loccard a las mujeres que se sentían atraídas por los asesinos) aunque no creo demasiado en esas etiquetas. Tampoco pienso que lo sea Berta. Fue el destino.
EL
Los anteojos de grandes vidrios le dan un aire de inocencia y candidez. Le agrandan los ojos. Se lo ve relajado y hablando con gran naturalidad. Es un hombre que fue humillado y denigrado por su entorno mujeril. Hay mujeres que suelen ser muy crueles con el hombre al que le pierden el respeto.
ELLA
Fresca, entusiasta, optimista, inquieta, charlatana, bromista, pícara y hasta juguetona.
Es una mujer que goza con la simpleza de la vida, disfruta el día a día, escuchar una cumbia, darle de comer a la lora, hacer algún chiste, salir a pasear, a cenar y porqué no, a bailar.
ELLOS
Se conocieron en la cárcel.
Hay dos versiones. Una dice que los presentó un amigo de Barreda luego de conversar con ella durante la tediosa espera de los trámites de ingreso al penal. La otra que fue el familiar preso que ella visitaba.
El hecho es que comenzaron a escribirse y establecieron un vínculo.
Seguramente la vida de Pochi estaba colmada con su trabajo como directora de escuela y el constante contacto con alumnos y docentes. Pero un buen día Pochi se jubiló. Y tal vez recién ahí se dio cuenta de que le faltaba una mirada masculina, el roce de una mano en su cara, un elogio o un cuerpo tibio en la cama. Un hombre. El hombre. Su hombre.Ella no se lo propuso. Se dio de esa manera. El también necesitaba cosas: una mujer que lo aceptara como es y que le brindara lo que no tuvo: comprensión, respeto, apoyo, diálogo , chispa. Eso, sí, chispa, el “condimento” dijo él. Lo que le hacía falta luego de tanto sinsabor.
Del 2000 al 2004 la deslumbró con sus charlas de hombre culto y ameno que sabe de cine, de literatura, que es caballero y cortés, que le habla tomándole la mano y que la necesita. Ella lo percibe, lo sabe. Se siente importante. Es alguien en la vida de otro. Y es mujer. Su mujer a partir de 2004 en que Barreda consigue oficializarla para que pueda realizarle visitas higiénicas y permanecer varias horas en su celda cada quince días.
En el 2008 le concedieron el arresto domiciliario. Y ahí Pochi que no es hembra de dudas ni temores, se jugó, se brindó entera. Lo llevó a su casa, en el barrio porteño de Belgrano, y se declaró garante de su detención domiciliaria.
A veces las personas consumen su vida sin encontrar a su alma gemela. Otras la encuentran tarde pero tal vez por eso, lo disfrutan más. Ellos ahora viven su historia de amor. Y Pochi está convencida de que les va a durar por lo menos hasta que cumplan los noventa.
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