Instintivamente, metió su mano en el bolsillo y allí estaba el mortal martillo que quince días atrás lo había ayudado a acabar con la vida de Rosa de Grosso.
Antes de irrumpir en la vida de esta desdichada mujer, Higonet había atacado a nueve mujeres que tenían algo en común: vivían solas. Las mujeres eran su blanco favorito porque la oposición que ofrecían era prácticamente nula. El sátiro, como se lo llamó hace 48 años, entraba en sus casas mientras dormían y golpeaba a sus víctimas con el martillo hasta desvanecerlas. Luego robaba lo que podía: generalmente poco.
Pero Rosa de Grosso era diferente: inmigrante italiana acostumbrada a pelearle a la vida, no iba a dejar que le quitaran lo que era suyo y luchó hasta el final. Sorprendido, aquel 18 de marzo de 1963, Higonet blandió el martillo con furia y golpeo sin pausa a su víctima hasta que sintió como la maza de acero fracturaba el parietal de Rosa y acababa con su vida.
Tal vez eso le produjo algún tipo de placer, ya que cuatro días después, el martillo de Higonet le dio a Virginia González el mismo destino que a Rosa de Grosso.
Las luces de la casa de Nelly Fernández se apagaron, ”el loco del martillo”(así lo había apodado la prensa para ese entonces) cerró su mano alrededor del sucio y ensangrentado mango del mortal instrumento, lo apretó con firmeza, cruzó la calle y entró en la oscura casa.
La muerte de Nelly Fernández desato una psicosis generalizada. Las mujeres no querían salir de sus casas o salían del trabajo antes de que oscurezca. La Policía Federal y de la provincia de Buenos Aires, en un operativo conjunto, lo apresaron el 25 de marzo de 1963: tenía una sevillana y usaba unos pantalones que había tomado en uno de sus atracos. En un descampado, cerca de la casilla donde vivía, encontraron el martillo ejecutor.
El 12 de abril de 1967 se condenó a González Higonett a reclusión perpetua por homicidio simple, robo y lesiones graves.
Tras pasar 43 años en prisión fue liberado el 23 de marzo de 2006. No salió antes, según su abogado, un ex convicto que se recibió en la cárcel, porque no tenía dinero para contratar a un defensor.
Higonet vivió en la casa de su hermana en la localidad de González Catán, afectado de una artrosis muy avanzada y tal vez con los fantasmas de Rosa de Grosso, Virginia González y Nelly Fernández torturando su conciencia. Un año después de su libertad, murió de un paro cardíaco. “Quiero volver a la cárcel”, le dijo a su hermana días antes de morir. Tenía 69 años.
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